¿Para qué sirve, en definitiva, abrir el árbol genealógico?
Una primera manera de responder es esta: abrir el árbol nos posiciona en otro lugar frente a un conflicto.
Deja de ser un peso que cargamos solos. Empieza a sonar como el eco de una historia que ya estaba sonando antes de que nosotros naciéramos.
Una enfermedad que no cede. Un patrón que se repite en el amor. Un bloqueo que no encuentra explicación. Muchas veces son ríos que no nacieron en nuestro cuerpo, pero que atraviesan nuestro cuerpo en su camino hacia otro lugar.
Nombrar esa historia, en lugar de seguir repitiéndola en piloto automático, empieza a cambiar el lugar desde el que habitamos el presente.
A esa manera de mirar la vida —sin dejar de ser individual, pero mirándola también en su dimensión familiar y sistémica— la llamamos Transgeneracional. No es una corriente aislada: dialoga con la biodescodificación, las leyes biológicas y otros enfoques que fueron desarrollando esta misma pregunta desde distintos lugares, como vamos a ver más adelante.
Lo que estos ejemplos tienen en común no es el hecho en sí, sino el modo en que cada persona lo percibe. Y esa forma de percibir rara vez nace en el presente.
Lo que percibimos no es una copia fiel de la realidad externa. Dos personas pueden vivir la misma escena y quedarse con lecturas completamente distintas: eso pasa porque cada una interpreta lo que ve, lo que escucha, lo que siente, a través de un filtro que ya traía puesto. Buena parte de ese filtro no lo armamos nosotros: viene de lo que podemos llamar la biblioteca transgeneracional, los mandatos, las creencias y las ideas que una familia fue construyendo, generación tras generación, para sobrevivir y mantenerse unida.
Cuando llegamos a una familia, entramos a un sistema que ya venía funcionando antes que nosotros, con sus propias reglas. Esa información queda disponible en el inconsciente familiar, funcionando casi como el motor invisible de un programa: no escondida ni reprimida, sino observable para quien aprende a mirarla.
Algunas señales que, en consulta, suelen abrir esta línea de exploración:
En el plano profesional, algunas preguntas que pueden abrir esta exploración: ¿por qué, siendo buenos en lo que hacemos, sentimos que nunca alcanza lo que ganamos? ¿Qué hay detrás de la sensación de estar desperdiciando un potencial? ¿Por qué un logro académico se vuelve una carga difícil de sostener, en lugar de una satisfacción?
En el plano amoroso, pueden aparecer preguntas como: ¿qué se repite en las elecciones de pareja? ¿Qué función cumple, dentro de la historia familiar, que las relaciones terminen de determinada manera? ¿Desde cuándo el vínculo con la pareja empezó a parecerse al vínculo con un hijo?
Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta automática. Son puntas de hilo para tirar, no diagnósticos cerrados.
Cuando nos acercamos a la historia de nuestro árbol genealógico, muchas veces sentimos que es una historia ajena, de la que apenas tenemos información. Lo que recibimos suele ser el resultado de relatos que fueron pasando de generación en generación, con agregados y omisiones, del mismo modo en que los juglares medievales modificaban un cuento cada vez que lo contaban. Otras veces ocurre lo contrario: la historia se repite siempre igual, palabra por palabra, como si congelarla fuera una manera de quitarle emoción.
Desplegar el árbol genealógico implica darles voz adulta a padres, abuelos y bisabuelos, y dejar atrás la versión que nos contaron de chicos. Cuando eso no sucede, la fuerza de los secretos, las vergüenzas y las culpas familiares permanece intacta, y con ella la inquietud de seguir preguntando.
En consulta, cuando pregunto por los abuelos, la mayoría de las personas describe el vínculo que tuvo con ellos ya de grandes: la imagen de “gente grande con cara de abuelos”. Tomar conciencia del propio transgeneracional implica un ejercicio distinto: reconstruir a esos abuelos siendo niños, jóvenes, adultos, y reconocer en el presente las memorias de esa historia emocional que también da forma a nuestra existencia.
Somos, en gran medida, el resultado de decisiones que otros tomaron antes de que naciéramos: sus olvidos, sus abandonos, sus éxitos, sus secretos. No podemos reescribir esa historia. Sí podemos cambiar el lugar desde el que nos relacionamos con ella, y ese es, en definitiva, el objetivo de una entrevista de transgeneracional: escuchar la historia detrás de la historia.
Existe un inconsciente familiar que no vive solamente en la mente: también está regulado por el sistema nervioso autónomo, el mismo que en cualquier ser vivo se ocupa, sin que lo pensemos, de todo lo que hizo falta para sobrevivir. La historia familiar también puede dejar huellas en la manera en que aprendemos a percibir el peligro, buscar protección, vincularnos y responder frente a determinadas situaciones. Por eso, el trabajo transgeneracional contempla tanto los relatos heredados como las respuestas corporales que se activan en el presente. Comprender el Transgeneracional implica, en este sentido, correr el foco: dejar de mirar solamente al individuo y empezar a mirar también a la familia como un sistema.
Dentro de este marco, muchos detalles que parecían pura casualidad empiezan a tener sentido cuando los miramos a la luz de la historia familiar completa, no solamente de la propia vida. Esto no significa que todo esté escrito de antemano, ni que la biología sea un destino inevitable. Significa, simplemente, que frente a algo que se repite sin explicación, vale la pena hacer la pregunta un poco más grande.
El Transgeneracional no es una teoría aislada, sino un punto de encuentro entre varios enfoques que se vienen desarrollando desde hace décadas: las leyes biológicas descritas por Hamer, los Ordenes del Amor de Hellinger, el concepto del Sídrome del Yacente de Sellam, el genosociograma de Schützenberger, la epigenética de Lipton y la teoría polivagal de Porges. Ninguno de estos enfoques reemplaza a los otros. Cada uno ilumina una parte distinta de la misma pregunta, y el trabajo transgeneracional consiste, en buena medida, en ponerlos a dialogar frente a una historia familiar concreta.
Conectar con la historia de quienes nos precedieron requiere, muchas veces, romper el hechizo de la historia que nos contaron de chicos. Implica sacarle el polvo a ese relato infantil y reconocer, en cada integrante del árbol genealógico, una historia de vida propia: abuelos que también fueron niños, adolescentes, jóvenes, y que dejaron sin cauce muchas emociones que nunca encontraron dónde ir.
Es, de algún modo, como tomar el mismo barco que tomaron nuestros abuelos o bisabuelos en sus primeros años, y reconocernos en sus anhelos, sus frustraciones, sus miedos, sus amores, sus pérdidas.
Y ahí aparece algo simple y profundo a la vez: nuestra vida está entretejida con la de muchos otros. Somos la respuesta al camino que otros recorrieron antes que nosotros, un eslabón entre quienes ya vivieron su historia y quienes todavía van a llegar. Formamos parte de esa cadena, hacia atrás y hacia adelante.
María Eugenia Calvo Psicóloga. Fundadora de Escuela MEC — Arquitectura de Integridad y Percepción.
Trabajo integrando psicología, biodescodificación, mirada transgeneracional y las cinco leyes biológicas, en diálogo con los aportes de Hamer, Hellinger, Sellam, Schützenberger, Lipton y Porges. Si esta lectura te resultó útil, podés encontrar más artículos y propuestas de formación en este espacio.
