Me probé una campera hace unos días.
Mientras me miraba al espejo apareció un pensamiento con una naturalidad que me sorprendió: «A él le hubiera encantado verme con esto».
La relación había terminado hacía tiempo. Y, sin embargo, esa mirada seguía viva. Más que el recuerdo de una persona, era la experiencia de seguir mirándome, por un instante, con los ojos de alguien que ya no estaba.
Con los años fui descubriendo que muchas personas llegan al consultorio convencidas de que todavía siguen atadas a una relación. En algunas historias eso sucede. En otras, lo que permanece es la necesidad de volver a sentirnos como nos sentíamos cuando alguien parecía descubrir algo valioso en nosotros.
Durante mucho tiempo pensé que la pregunta era esa: ¿por qué sigo buscando esa mirada? Con el tiempo advertí que esa pregunta abría otra todavía más profunda.
Hay preguntas que requieren tiempo porque la vida las va desplegando lentamente. Primero creemos que extrañamos una relación. Después advertimos que extrañamos una versión de nosotros mismos. Y, si seguimos caminando, aparece una pregunta mucho más íntima.
¿Desde cuándo necesito esa mirada para sentir que lo que estoy haciendo tiene algún significado?
Esa pregunta rara vez conduce solamente a una pareja. Nos acerca al comienzo de nuestra propia historia.
Todos llegamos al mundo dentro de una trama que ya estaba sucediendo. Antes de tener palabras ya éramos esperados, imaginados, nombrados. También podíamos llegar en medio de una pérdida, de una crisis, de un embarazo vivido con miedo, de una vergüenza que nadie podía nombrar o de una historia que seguía abierta.
Desde el enfoque transgeneracional me interesa justamente ese momento porque allí suelen aparecer preguntas nuevas. Hay familias donde nadie volvió a pronunciar el nombre de un niño que murió. Otras siguieron adelante guardando en silencio un embarazo interrumpido, un hijo no reconocido o una vergüenza que atravesó generaciones. El silencio también organiza una historia. A veces deja de escucharse en las palabras y empieza a sentirse en la manera en que una familia espera, ama, teme o mira.
Explorar estas historias amplía la comprensión. En algunos procesos terapéuticos, una experiencia profundamente personal empieza a dialogar con una historia mucho más amplia. Las relaciones importantes vuelven visibles heridas que aguardaban una oportunidad para expresarse.
Fue entonces cuando mi propia pregunta cambió. En lugar de seguir buscando la explicación en la mirada de determinadas personas, apareció otra pregunta: ¿cuántas veces tuve que dejar de escucharme para poder sobrevivir?
Esa pregunta transformó mi manera de trabajar y también mi manera de vivir. Nadie deja de escucharse por capricho. En algún momento, escuchar primero a los demás fue una forma de conservar un vínculo, de seguir perteneciendo, de atravesar la infancia o de adaptarse a una realidad que no podía modificar. Ese movimiento fue un recurso de supervivencia.
Con el tiempo comprendí que el camino consiste en volver a incluir nuestra propia experiencia dentro de los vínculos. Que la mirada del otro acompañe nuestra vida sin ocupar el lugar de la nuestra. Que, cuando alguien nos admire, podamos seguir escuchándonos. Que, cuando alguien se aleje, permanezca viva la experiencia de quienes somos.
También comprendí que recuperar una mirada propia abre una tarea nueva: elegir los lugares donde esa mirada pueda permanecer viva. Elegir vínculos donde nuestra voz encuentre cuidado. Elegir personas con las que podamos seguir siendo quienes somos mientras amamos.
Quizás allí aparezca una forma distinta de libertad. Una libertad que convive con el deseo de amar, de pertenecer y de compartir la vida, mientras seguimos habitando nuestra propia experiencia.
María Eugenia Calvo
Psicóloga
Trabajo acompañando a personas que desean comprender la relación entre su historia, sus vínculos, su cuerpo y las formas en que construyen su vida presente.
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